“Dos enfermos ocupaban camas contiguas en  un hospital”,  dijo el paseante  extranjero en el idioma convenido. Su amigo registró estas palabras y las envolvió en inauditas sonoridades. Ella las  recibió como un chiquillo que se gana un juguete.  Y  continuó el relato.

“Uno de los enfermos ocupaba la cama que estaba junto a la ventana. El otro no disfrutaba de ese privilegio. Pero la vida hospitalaria propone, como  otras vidas. La solidaridad humana. Y así, el enfermo de la ventana se encargaba de informarle detalladamente al otro lo que alcanzaba a ver del mundo exterior. ¿Que ves?  Le preguntaba ansioso el enfermo  más lejano. – Veo dos  amigos paseando por el parque.  Una hermosa mujer que viene hacia ellos sonríe como a conocidos-  En efecto, se han detenido.  Uno de los  amigos la besa  en el cuello.  El otro permanece discretamente marginado. Parece extranjero, ella se ha sentado en uno de los asientos del parque. Los dos amigos permanecen en pie. Los dos hablan y ella sonríe extrañamente.

En estos momentos, la muchacha efectivamente sonríe al percatarse del mecanismo del relato, ya que era exacta la coincidencia entre la realidad inmediata y la supuesta descripción del enfermo de la ventana a su compañero de hospitalización. La  estratagema era obvia.   Mientras tanto proseguía la traducción.

-¿Cómo es ella? Preguntó el enfermo separado de la ventana. – ¡Ah, que bella mujer! Es del tipo de belleza  triste. Bella y triste como decía el poeta. Pero de cuerpo alegre, tiene las piernas cruzadas una sobre la otra, lo que acentúa el dibujo de sus caderas. Los brazos igualmente cruzados sobre el pecho levantan el busto soberbio. Y parece que escucha gozosa las palabras que le dirigen.

-¿Qué edad tendrá? ¡Pregunta insensata! Las mujeres no tienen edad,  tienen belleza. Más o menos belleza. Y esa mujer que allí escucha es, a no dudar, eterna. Tiene la edad de ser amada por toda la vida.

-¿Y qué más?  Preguntó el enfermo alejado de la ventana. – ¡Nada más por hoy!  Dijo el otro y se afirmó en su almohada, como si el reportaje le hubiera fatigado.

El enfermo más lejano se hundió también en su almohada y además,  en sus reflexiones.  –Me haría muy feliz contemplar esa bella mujer- se decía.  Y a continuación su pensamiento se enfiló hacia las debilidades de la condición humana. Hay seres privilegiados que poseen los bienes de  la tierra, lo cual es injusto.  Pero carecer de ventana es la peor injusticia del mundo.  En  ese instante el otro enfermo se volvió, súbitamente angustiado.  -¡las pastillas, las pastillas  ¡- gritó.  El enfermo más lejano se precipitó sobre un pomo que yacía sobre una mesa contigua y que debía serle administrada de urgencia en caso de ataque.  Pero vaciló y retuvo en sus manos el pomo. -¡las pastillas!- imploró el enfermo, pero el enfermo más lejano permaneció inmóvil, contemplando los ojos de su compañero que se hundía en   asfixia y se convertía en un moribundo.

Cuando llegó el médico, era ya cadáver. El enfermo más lejano se dirigió tímidamente al médico-Doctor- le dijo -¿sería usted tan bondadoso que me permitiera ocupar la cama del compañero fallecido, junto a la ventana?

“La muchacha, que hasta entonces escuchaba embelesada, dio signos de indignación. También el intérprete.  Pero el amigo prosiguió sin turbarse”.

Tan pronto como estuvo dispuesta la cama, dijo el enfermo más lejano, se trasladó reventando de felicidad a la ventana. Quería ver aquella mujer hermosa que pedía bellos cuentos a los viajeros.  Pero para su gran sorpresa descubrió que más allá de la ventana solo había un muro de piedra  y que toda la historia de su amigo era solo una fantasía, una dosis de ilusión, que él brindaba para aliviar su vida de enfermo.

Y éste es el fin de mi historia y posiblemente, también  del enfermo más lejano.  La muchacha abrió los grandes ojos azules, transparentes,  y quedó sumida en profundo silencio.

-¿Cuál es la nacionalidad del caballero? – preguntó.  Cuando el amigo les respondió, ella no hizo más que un breve comentario: -País maravilloso-  dijo y se  marchó.

PEDRO MIR