A  consecuencia de ésta avalancha  de internamientos, habitaciones, quirófanos y enfermeras que han acontecido en mi vida  en los últimos  meses,  he recordado el cuento que me refería mi padre en su época de internamientos,  que comparto  con ustedes a manera de respeto por lo complejo de  esa experiencia:

Paseábanse  los dos amigos charlando agradablemente.  Era   ¿Donde?  Sin duda, en uno de esos países de idiomas flexivos, cargados de torvas declinaciones.  Quizás Finlandia, cuya lengua las  posee en noble profusión. O tal vez en Checoslovaquia que solamente posee once formas.  O  acaso en Alemania, que apenas posee seis.  Hay que  ver que en español, inglés o francés  no existe prácticamente ninguna.

De  modo  que para  que  fuera posible la charla entre los dos amigos, siendo uno un nativo y el otro extranjero, tenían que servirse de un idioma accesible a ambos,  el inglés probablemente, si el viajero era español, ya que, siendo el inglés un idioma cosmopolita tiene una sobrecarga de vocablos españoles –fiestas, vista, panorama-  y carece de esa violencia verbal que son las declinaciones.  Pudo haber sido también el francés que no ha perdido, y parece que recupera, su antiguo prestigio universal.

Iban  pues, los  dos amigos por aquellos  jardines, intercambio intimidades por  medio de ese idioma que les servía como dice Nietzsche de  “puente de ilusión“, aunque no, como se verá,  “entre seres eternamente separados “.  Por el contrario, se unían en el seno de esta gramática.

Los paseantes marchaban suavemente, cruzándose con otros paseantes desconocidos que despreciaban, como ellos, los asientos públicos en beneficio de la marcha.

Uno de los paseantes que venía en dirección opuesta era una joven y hermosa mujer quien, al ver a los dos amigos, sonrió dulcemente.  Seria, a no dudar, una vieja conocida del que era su compatriota, puesto que  permitió que la besara al cuello.  Era  rubia,  tenía blusa y anunciaba una inteligencia que apenas disimulaba su sensualidad bien nutrida y mejor administrada. Se llamaría Ingrid o Theda. ¡Quién puede saberlo,  si su paso  por la  historia universal fue demasiado breve para que dejara huellas perdurables!

Ella y él cruzaron algunas palabras ininteligibles, antes de que el otro paseante, momentáneamente marginado, fuese presentado.  Y la presentación fue un saludo de manos y un intercambio de gestos, ya que la comunicación directa era imposible.  Entonces ella volvió su rostro hacia el compatriota y preguntó algo.  Lo más probable es que la respuesta estuviera referida a la espiritualidad o la cultura del desconocido, porque ella se mostró, próximo de los bancos  del parque y solicitó, renunciando por el momento a su paseo, nada menos que un cuento.

¿Un cuento? ¿Así de improviso?, pensó el interpelado. Por su cabeza desfiló una urgente antología del cuento universal.  Maupassant, Chejov, Horacio Quiroga, Bosch. Pero el cuento oportuno ¿Cuál podrá ser? “Adiós cordera “,“Los Matones “de Hemingway?  No seguramente para una mujer enterada. De pronto,  el emplazado recordó una historieta vulgar que había leído en alguna revista, en la sección de chistes, de quisicosas o pasatiempos.  La idea que bruscamente brotó para salvar la situación fue de adaptarla a la circunstancias  y convertirla en una galantería.

-Bien dijo a su amigo-, anúnciale que vas a traducir. Ella se arrellanó  en el asiento como si estuviera cubierto de almohadones. Se  dispuso a escuchar como si fuera una reina a quien le van a decapitar a un vasallo en su presencia.  Toda naturaleza – los árboles, la brisa, el césped – se  tendió junto a ella. El intérprete ocasional puso en orden  su sintaxis.  Y el cuento comenzó: