El carro se paró frente a la casa y el conductor  dio las instrucciones claras, precisas y contundentes como estaba acostumbrado dada  su condición de ex militar,  transmitir y recibir órdenes con esa severidad de la milicia –Que se presente de inmediato a la casa del administrador- le dijo con atención –tengo el deber de llevarlo- recalcó, y se sentó frente al volante esperando partir  con su encomienda.

Fernando pensó mientras se cambiada de ropa lo que pasaría,  todo  en el trabajo estaba  bien y al día,  no habían problemas  laborales pues sus veinte  años de experiencia  le permitían tener  todo bajo control, además las  relaciones con la administración estaban en buenas condiciones pues  además del cargo   tenían una amistad de años  que  garantizan buenos resultados.

Ambos habían trabajado juntos por años y siempre  con buenas relaciones,  en el último ingenio donde  se encontraron,   el administrador  fue vecino de Pablo  que era  compadre de Fernando ,  habían estudiado juntos  la carrera  en la universidad y  por  ese motivo estrecharon su amistad  con mayor solidez.

Pablo,  que con su casi treinta años, su soberbia y poder se  sentía  dueño del mundo,  tenía a su favor  que  dominaba  con soltura sus funciones en el ingenio,  lo que se permitía ser insolente con sus subalternos  a los que trataba con severidad y en pocas ocasiones actuaba con justicia.

-Quítalo de ahí o lo cancelo, que  se vaya a dormir a otro lugar donde yo no lo  vea-  increpó a su asistente con dureza, como estaba acostumbrado a hablarle, – siguió con su perorata clamando castigo a los hombres que  habían pasado de la edad productiva.

-Pablo, deja que ese viejo termine  su vida con tranquilidad,  no molesta y además no tiene fuerzas  de aportar nada  al trabajo,  solo pretende  ganarse sus chelitos para poder mantener su precaria vida-  le convidó  Fernando clamando consideración para el  viejo, -él no  molesta,  hasta el listero tiene compasión de su situación y le chequea su tiempo  sin reclamarle,  aparte de que el salario  es  el más ínfimo de la empresa.  Terminando de hablar.  – Mira Fernando,  resuelve  tú el problema,  búscale un sitio donde  yo no lo vea, quítamelo de mi vista pues no lo soporto, y  he dejado instrucciones  que para cuando yo cumpla cincuenta años que me borren del planeta-  sentenció Pablo  con  una soberbia inaudita.

Todo quedó ahí,  Fernando no solo le  buscó un sitio adecuado al anciano para quitarlo de la vista del poderoso, sino que se hizo amigo de  él  para intimar  de su vida y ver  cómo podría ayudarlo en ese drama de la  senilitud  en que se encontraba, pensaba que la vejez sin apoyo es una de las grandes  desgracias de la humanidad,   el viejo  le aportó  conocimientos, porque siempre se aprende,   y además comprendió  que a pesar de todo,  con su escasez de bienes  materiales,  el gozaba de cierta paz de  espíritu  que era admirable.

El drama  era  fuerte,  tenía que caminar, lentamente,  el kilómetro de distancia de su casa al trabajo  que lo hacía en más de una  hora dada  las condiciones  físicas de su  cuerpo,  su alimentación fundamentalmente  era de harina de maíz y uno que otro tubérculo que sus posibilidades le permitían adquirir, todo  eso con sus propios ingresos  dado que no era adicto a  recibir dádivas  por su condición económica, era un ser especial, reía  a pesar de todas las calamidades  y era  tierno, bondadoso y le  gustaba cooperar.

Había nacido en Haití y llegó a la República dominicana  siendo un hombre joven con toda su capacidad de trabajo,  en principio trabajó en el corte de la caña, pero en la medida  que pasó el  tiempo comenzó a  trabajar como obrero en la factoría donde se ganó el aprecio  de sus superiores  por su calidad de  trabajo y por  su fuerza  física,  llegó a dominar las habilidades de la mecánica  lo que le permitía realizar trabajos  particulares con éxitos. Vivió algunos años con una  compatriota  con la cual procreó dos hijos,  que al final se  fueron para Haití y él perdió contacto  con ellos.

Le  contaba anécdotas interesante a Fernando de su vida  que  le escuchaba siempre interesado,  principalmente de los primeros  años de su vida en el vecino país y de su experiencia como cortador de caña  en los  campos  dominicanos.  Fernando era un inquieto investigador de ese drama tan conmovedor de nuestra  historia.

De acuerdo a sus relatos,  resulta que era primo de Celia Cruz, la famosa  guarachera  cubana que tanto aportó a la música popular; ella era descendiente de haitianos que  habían emigrado a Cuba para el corte de la caña,    su voz le permitió  ingresar  a la vida pública donde consiguió la fama,  nuestro viejito  contaba  que cuando ella  venía a cantar al país él la visitaba en el hotel   y siempre le regalaba dinero para  ayudarlo a soportar su calvario.

Desde el inicio de su amistad surgió  entre ellos dos una empatía sorprendente, de parte del viejo por el apoyo y sostén que le proporcionaba l amigo,  y  por el lado de Fernando  era  evidente su identificación con el sufrimiento y calvario de esos seres humanos que salían de su país a entregar su fuerza de trabajo en un ambiente hostil,  le recordaba  siempre a Yaní, ese  edecán de su abuelo que le proporcionó tanto bien en su adolescencia,  o a Decis Luis Yan que se convirtió en su inolvidable  amigo  en épocas difíciles.

El problema  quedó  en el aire, más nunca  volvieron a  cruzarse y además el mismo Pablo había aflojado su actitud agresiva  con el viejo, y todo  quedó en el pasado;  el siguió dando sus  viajes al ingenio con su calma, se acomodó al nuevo lugar asignado y como gozaba de la protección de  los trabajadores  y personal ejecutivo,  su vida  siguió el  derrotero de  soportar la vejez  con dignidad.

Pablo lo olvidó, siguió con sus éxitos laborales, ocupó puestos de dirección en algunos que otro ingenio del país,  viajó a Venezuela  donde  hizo una  zafra interesante, hasta terminar en un ingenio azucarero en Haití, se había convertido en un importante  ejecutivo de la producción azucarera, era precisamente cómo había soñado, dueño del mundo  basado en su  juventud que pensaba era  eterna,  pero la vida seguía su derrotero imparable;  lo que quedó como un bastión en su vida  fue el decreto funesto y negativo ese desdén contra la vejez, firmado con la afirmación de que cuando cumpliera los cincuenta  años quería que lo hicieran desaparecer.

Fernando había celebrado, dos años atrás,   sus cincuenta años de vida  con un almuerzo familiar con las personas de su círculo más querido;  se trataba de que fuera el primero de una generación  de vanguardia,  él marcaba el camino de un grupo de individuos unidos por el afecto que  comenzaban su marcha a la edad  adulta que él iniciaba;  actividad que fue centro de conversación en la casa del administrador  pues la sorpresa era de que Pablo,  que visitaba en su recorrido  por el país a  su amigo, un abrazo cálido entre  los dos  fue  el inicio de un maravilloso  encuentro lleno de añoranzas.

-¡Una  alegría encontrarlo mi compadre!-  Le dijo Pablo  luego del efusivo abrazo que compartieron,  -Es que ando en mi luna de miel con mi mujer, esa  mulata que  puede ver sentada  allá, esa que me ha revivido la vida y me estremezco con ella, esa que amo porque me  apasiona con ardor y me siento un niño de teta- se sinceró  en ese momento emocionado por la belleza de su mujer y por la juventud que le transmitía.  Fernando saludó con una seña a la hermosa haitiana que observaba atenta la conversación,  con ese  saludo aprobaba la relación entre ellos, porque entendió que a pesar de su incompatibilidad  en las edades, ella  le proporcionaba felicidad y se notaba el cuidado y  dedicación de ella para conseguir ese objetivo.

-Compadre, ¿me permite preguntarle qué edad  tiene? Le dijo iniciando un diálogo entre ellos.

-Usted debe  saberlo,  ya que los dos  sabemos que solo le llevo un año a  los  suyos,  contestó sabiendo que ya pasaron del medio siglo.

-Cierto mi compadre,  la pregunta viene por la famosa  discusión que sostuvimos por el viejo del molino  que usted  debe recordar-le  dijo con cierta  amabilidad que solo dejaba al descubierto el respeto que se  tenían.

-Ya recuerdo,  sobre la estupidez mía de pensar que a los  cincuenta estaría descartado para vivir,  que solemne disparate que cometemos en esa juventud, ¡a  la verdad que a ésta edad  siento que  comienza mi vida !Lamento  mi inmadurez de esa etapa y pido disculpa y perdón por el daño que hice, que gracias a  usted  no dejó de ser una imprudencia más de tantos errores que cometí en esa época!-  recibió  el perdón de su compadre  y volvieron a  retomar de nuevo el sabor de una amistad sólida  que se vivió con respeto  y admiración de parte y parte,  hoy, ya muy lejos de los ímpetus de la juventud, cada uno analiza  su vida aprovechando los mejores  momentos  para seguir creciendo con esos recuerdos.  Hoy cosechan lo que sembraron en sus vidas,  donde el amor, el odio, el respeto, la  amistad y todos  esos comportamientos, que suman  y restan,  permiten llevar una vejez que cada uno merece. Esa  es la vida, que hay que concluirla  recibiendo los reflejos de todo el comportamiento de la  vida,  cada uno es responsable de sí mismo.  Hay que cuidar  eso,  que no nos afecte  lo que viene,  que es inexorable,  es decir,  cuidar la salud de la  ancianidad. Aprovechar el ejemplo del viejo del molino,  que a pesar de todo, reflejaba paz y   dignidad en esos  momentos.