Cuando mi voz calle con la muerte,
mi corazón te seguirá hablando.
RABINDRANATH TAGORE
 
Teníamos que cruzar casi todo  el edificio de un lado al otro,  desde la Avenida Ocho de Octubre hasta  Avenida Italia porque el hospital ocupa  todo  ese territorio y yo  estaba  precisamente en el polo opuesto,  es decir,   desde la  habitación que me habían  asignado hasta el área del quirófano  era una odisea,  pero a mi me llevaban los camilleros en una cama  especial  que podía  rodar  y estaba  habilitada para los ascensores.  Conmigo iban  como acompañantes la Dra. Sandra Arévalo mi pareja y su amiga La Dra. Nancy Acerenza, también  mi hermano el escritor Rafael Pineda de la Embajada Dominicana que llegó  a  estar  conmigo en  estos momentos  con tantas  expectativas, pero solo uno  podía estar a mi lado  por las  facilidades  del transporte,  por  eso  me acompañó  en todo el  trayecto  Rafael porque los  demás se despedían de mí  en la puerta   final  del viaje,  allá estaban mis parientes  esperando  para darme el saludo  especial a  una persona que entra a esa aventura,  que puede ser una despedida  final

Escuché cuando Rafael le dijo al camillero  – “Cuídalo que es poeta”-  y ya  fuera del alcance  de ellos  el enfermero  me preguntó  lo de poeta,  le dije  -Es una atención de mi hermano,  porque de poetas todos  tenemos  algo-. Seguimos nuestro viaje hasta  la sala  donde preparan a los pacientes en espera de intervención quirúrgica. El personal en sala es amplio, enfermeras y técnicos  trabajan con interés  y se mueven mucho alrededor de los que estamos a un  paso de esa amplia  habitación donde luces, olores y  toda esa  parafernalia que impresiona al  usuario y que lo somete  a lo inesperado con esa solemnidad impresionante.

En esa  estadía es que te avían  para llegar en las mejores  condiciones  a la intervención,  te  miden la presión sanguínea,  chequean la glicemia, te  colocan la vía que  vas a usar por mucho rato y te llenan de polos en todo  el cuerpo que supongo miden muchas  funciones  importantes,  además de que  te aplican un suero que te acompañará  mucho rato.  Es en ese lugar   donde el anestesista  conversa contigo  y trata de obtener de ti  información importante para  su responsabilidad,  cuida mucho por tu salud  y el éxito de  su trabajo, y  por supuesto es donde  viene  el cirujano y te saluda para darte la confianza de que  te sometas  a esa experiencia   con un máximo de  seguridad.

Paso  un buen tiempo ahí en lo que preparan  todo,  y es donde se inicia  la conversación que se convierte  en inolvidable.  Por mi forma de  hablar,  por lo de “poeta” dicho por Rafael y por la curiosidad humana   es que comienza la conversación de ellos  conmigo.

  – ¿De  dónde  eres que hablas  tan bonito?-   Se refiere al acento  caribeño que me acompaña.

 -Soy de la República Dominicana  que espero la conozcan, siempre con mi campaña turística en favor de la patria  que me vio nacer.

-Bonito tu país-, y comienzan los intercambios de piropos en favor de Dominicana y Uruguay que me acoge en su seno amablemente.  Les hablo de la isla y comienzo a explicar la similitud  entre los  dos países,  hablamos del éxodo de Artigas,  de  las devastaciones  de Osorio y la  fundación de Monte Plata y Bayaguana;  Juan  Dolio en el este   y de la zona Norte, Puerto Plata y su océano Atlántico que baña sus costas dejándoles  unas hermosa playas  que son muy visitadas por turistas principalmente europeos  y canadienses,   aquí  en el cono sur  conocen muy bien Punta Cana que es visitada con frecuencia por chilenos  y argentinos  y algún que otro uruguayo.

Es increíble el interés de  ese personal  en la situación de todo el Caribe, fue un momento intenso y  con participaciones  brillantes en la conversación, ya  estoy acostumbrado por la buena educación de los  uruguayos  y  la  forma en que conocen las  historias de  otros países  y  sus  gentes,   eso  me ha obligado a estar estudiando mi propia historia nacional y por supuesto  la de aquí,  es una manera de honrar el cariño con el que me abrazan y  me obliga a ser recíproco en  la relación  cultural  con esta  fabulosa nación.

Les recuerdo que estoy en la camilla en el salón pre-cirugía preparándome para entrar a mi destino final y quedar en manos de los avances científicos.  Todo  el personal me rodea y sigo atento a sus labores  con sus  uniformes especiales  con la cabeza cubierta, conversan conmigo a pesar de que hay otros, como yo, esperando la entrada a ese mundo desconocido. El diálogo se hace interesante pero se turnan para preguntar y siguen sus labores, en ese contexto cuando quedo atónito y  sorprendido, y es cuando la emoción llega a  su máximo paroxismo por lo que les cuento.

Un enfermero de los presentes,  se recuesta en la barandilla de mi camilla, y  entona las notas gloriosas del  himno Nacional Dominicano,  -“Quisqueyanos valientes alcemos nuestro canto con viva emoción, Y del mundo a la faz ostentemos, Nuestro invicto, glorioso pendón”-. Ambos lo entonamos a media voz  pero con una emoción  indescriptible. Comprobé lo que significa el himno patrio de cada ciudadano y como toca el corazón, esas estrofas cantadas a dúo captaron a todos y nos brindaron, admirados,  un solemne silencio.   Le pregunté  si conocía mi país y me explicó  que estudió la primaria en la escuela  ¨República Dominicana ¨ y en ella  les enseñaron el himno dominicano.

Quedé fascinado por el efecto de la educación,  prometí visitar la  escuela como un homenaje a  ese  enfermero que no supe su nombre pero que me permitió entrar al quirófano henchido de un sentimiento dominicanista,  que  con sus  manos y su voz  me transmitió seguridad,  amor al prójimo y  esa solidaridad de los uruguayos en momentos difíciles. 

Cerré los ojos  y entré al quirófano de la mano de mi madre y  mi tía Yolla que me llevaron con los ángeles enviado por Dios a apoyarme  en ese enfrentamiento   por  la vida.